LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Por: P. Juan Manuel Perez Piñero

14 / Ago / 2014

La Asunción de la Virgen María es una fiesta hermosa, alegre, y esperanzadora. Viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, sobre nuestra victoria definitiva sobre la muerte. Es la Pascua de María. “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”.
Entonces, ¿por qué la gente sigue muriendo? ¿Y la resurrección? El apóstol San Pablo nos lo clarifica todo. “Pero cada uno en su puesto: Primero Cristo, como primicia, después cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo…” “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Por eso, todos continuamos sufriendo la muerte. Y el Apóstol añade: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.
No se trata, por tanto, de una ilusión, de una imaginación, de un deseo… Se trata de la Palabra de Dios. Es un dato fundamental de nuestra fe.
Entonces ¿qué nos dice esta gran Solemnidad?
Que la Virgen no ha tenido que esperar hasta la Venida Gloriosa del Señor, para ser glorificada, sino que terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.
Por tanto, la Palabra de Dios ha comenzado a cumplirse ya, en la Virgen, Madre de Dios. Fue el Concilio el que nos enseñó que la Iglesia contempla ahora en María, lo que ella misma será un día. Ella es, por tanto, el espejo en el que podemos contemplar nuestro futuro eterno.
Hoy es un día en el que experimentamos la dicha de creer. “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio. En esta Solemnidad comprendemos mejor la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe; y también, de transmitirla a todos, especialmente, a los que lloran la muerte reciente de seres queridos.
La Santa Misa que celebramos este día es acción de gracias. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor, que nos concede un destino tan glorioso! Jesús nos dice: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54) Por tanto, el que quiera tener vida, ya sabe dónde se encuentran las fuentes de la vida: en la Muerte y Resurrección de Cristo que, “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida”.(Pref. Pasc. I).
La Iglesia, que peregrina rumbo a la Eternidad gloriosa, levanta los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (L. G. 65) porque Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).
Es lo que experimentamos en la mayoría de las imágenes de María, por ejemplo, en la de la Virgen de la Candelaria, Patrona de nuestras islas, que recordamos y festejamos este día. En esa imagen bendita, en efecto, está representada su condición gloriosa, que contemplamos en la primera lectura. No en vano la vemos con una corona en su cabeza, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, llena de luces y flores. Y en el salmo cantamos: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.
Toda esta grandeza ha de tener su repercusión en la vida de cada día. “Os anima a esto, nos dice San Pablo, lo que Dios os tiene reservado en los cielos…” (Col 1, 5).
Terminamos nuestra reflexión, dirigiéndonos a la Virgen y diciéndole: “Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, o piadosa, oh dulce Virgen María”. —

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